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Notas ¿de/en campo?: Pensar enojado

Hace medio año que curso un doctorado. Ha sido un proceso bastante tenso. Comenzando porque ya no tengo 26 años, edad en la que terminé la maestría. En aquel momento consideré que el ecosistema no era el adecuado para mí, en tanto mis intereses y las líneas de investigación que existían en aquel momento. Tampoco estaba segura de que el tema que desarrollaba en ese momento, fuese lo que quisiera hacer por los próximo cinco años, y mucho menos por el resto de mi vida. Eso es lo que vislumbraba en ese momento. ¿Quiero hacer esto, con estas personas, de este modo, en este espacio, y con estas finalidades? Aunque admito que esta pregunta me ha perseguido, y seguramente seguirá persiguiéndome, toda la vida en distintos momentos, con distintas personas y en diferentes circunstancias.

Años más tarde intenté entrar al doctorado, fui rechazada. Básicamente lo que yo proponía les parecían disparates sin fondo y forma. Situación que ya se había presentado en mi tesis de licenciatura, y en la de maestría. Ejemplo de ello es que hice una tesis sobre bases de datos y producción de conocimiento, donde entre otras cosas abordé el problema de categorizar el conocimiento, crear etiquetas en los repositorios, y los efectos de esto en la construcción de hipótesis, el ejercicio interdisciplinario y la constitución de líneas de investigación. Tuve que pedir ayuda de investigadores de otros institutos y centros de investigación, incluso de otras universidades, porque dentro del espacio en el que me encontraba hubo cero interés. Incluso en mi examen de grado, uno de los lectores, quien fue director del posgrado que cursaba y más tarde director de la Facultad de Filosofía y Letras, dijo que mi tesis era de redes sociales. O sea, del Feis, supongo.

En esta ocasión, ingreso con 40 años a un doctorado, con un montón de trabajo, lecturas y experimentos hechos con amigos. Con el reto de poner en orden, para mí, todo esto que hemos estado experimentando y pensando a lo largo de más de una década. Han sido unos meses bien tensos e intensos. Pero lo que quiero rescatar hoy es algo que ha rondado mi cabeza desde el primer cuatrimestre: ¿Se puede/debe pensar enojado?

Todo comenzó el primer cuatrimestre, cuando debimos presentar nuestro proyecto. Mi compañero José Luis, quien creció y vive en una comunidad nahua en Tlaxcala, propone pensar una ontología y una epistemología desde su lengua materna. Esto en términos metodológicos y «materiales» (concreción del pensamiento a través de la estructura de una tesis de grado al interior de una universidad pública con prestigio internacional) está siendo una hazaña; pero también un caldo de estrés, tristeza, frustración, y demás. Y yo agregaría, una experiencia violenta, violencia sistemática y sistémica. Un compañero, por ejemplo, en distintas sesiones, le ha dicho «yo no me siento interpelado por tu tema» (como si eso fuese relevante), «Entonces, por qué viniste a este espacio a hablar sobre ese tema», y lo peor: «Es que como que estás enojado, no sé entonces porqué entraste a este programa». Más allá de todas las groserías que me vienen a la mente cuando recuerdo estas situaciones, me ha asombrado que el profesor no ha intervenido, que no hizo alguna pronunciación al respecto de estos comentarios. ¿Qué no la universidad pública tendría que ser el espacio para pensar estos temas, y estar abierta a lo que el pensamiento situado pueda producir? ¿No debería la universidad acompañar estos procesos de pensamiento?

Recuerdo que en esta última situación, apunté que, por ejemplo, en el caso nietszcheano la ironía implicaba la integración de un pensamiento desde una afección (en el sentido del afecto), y que eso, sin lugar a dudas había influido en la producción de una filosofía distinta, cuyo formato, en su momento (y aún ahora) fue menospreciado. ¿Por qué entonces, el enojo no podría ser un lugar para el pensamiento? Sobre todo en una aproximación que no puede venir de otro lado sino desde la inconformidad, la frustración, la discriminación, la violencia histórica… ¿Qué implica que el proceso de pensamiento no implique conciliación con el pensamiento dominante, y por lo tanto con sus categorías, formas, afecciones, etcétera? ¿Y qué si con quienes discuto no son mis queridos/queridas/queridxs? ¿Y qué si hay cosas que no son negociables, porque implican replicar un sistema que subordina lo que puedo pensar a un marco metodológico/teórico que no va a permitir señalar lo que me interesa gritar? ¿Y qué si no me interesa hacerme de colegas  o aliados para después reunirnos a establecer reglas para administrar, gestionar, burocratizar, autorizar lo que otros piensan?

¿Estar enojado implica la pérdida de la «civilidad»? ¿Estar enojado implica la violencia de imponerse sobre el otro? ¿Estar enojado implica que la discusión no tenga lugar? O, ¿estar enojado sería un modo de no negar lo que se ha visto, lo que se ha vivido y se vive a diario, poner la experiencia encima de los modos organizados de aproximarse a un problema, no negar las afecciones que atraviesan la manera de estar en el mundo? ¿Es la universidad el lugar adecuado para discutir y pensar todos esos temas que han puesto sobre las mesas de los investigadores de tiempo completo, las discusiones de redes sociales? ¿Es a través de los dispositivos. mecanismos y aparatos que ha consolidado la universidad, que se pueden construir otros mundos y otros conocimientos?

Les comparto, a través de una cita, una idea de mi compañero José Luís: «A veces pareciera que ciertos sujetos subordinados sólo pueden ser escuchados cuando administran o reproducen el lenguaje y las formas del poder dominante. Pensaba también en Girard: el orden social estabilizándose mediante cuerpos sacrificables, mediante una violencia que luego aparece legitimada simbólicamente.»

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Filosofía que tensiona el hacer y el pensar

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