En la mayoría de los casos las tecnologías tradicionales han sido completamente desestimadas, de manera que casi han desaparecido de muchas partes del mundo. Es el caso de las tecnologías agrícolas ancestrales, que se encuentran en la misma situación. Entre muchos de los agrónomos y las instituciones de desarrollo las consideran un paso atrás; prácticas que conservan y hacen las personas ignorantes: productores y productoras sin acceso a lo que es “mejor” o “avanzado,” y cuyo atraso representa un reto a superar.
Éste es un fenómeno complejo, entrelaza el racismo y los procesos de colonización, las ideas occidentales que determinan lo que es “el progreso,” además de la religiosa creencia en los sistemas industriales de la agricultura “moderna.” Con lo anterior me refiero a a los monocultivos y sistemas de producción controlados; es decir, separados de la naturaleza y las áreas urbanas; dependientes de los insumos externos así como de los avances tecnológicos, y en la mayoría de los casos implican la mano de obra barata o intentos por eliminar el trabajo humano.
Por otro lado, en los últimos años ha comenzado un proceso de transformación en cuanto a la manera en cómo pensamos estos sistemas reducidos que sólo consideran el rendimiento y las ganancias financieras, sin tomar en cuenta los impactos al medio ambiente y las comunidades agrícolas. Este cambio está enraizado, entre otros factores, en una conciencia ecológica; sobre todo en una preocupación creciente por el planeta y los cambios negativos que nuestros hábitos han provocado, así como un deseo por ser más sostenibles en general.
Imagen: Maíz Secando
Entre las numerosas propuestas para transitar del sistema agrícola actual a uno más sano, tanto para la producción como para el consumo, ha surgido la agroecología como una alternativa destacada, ganando el respaldo de las organizaciones campesinas e institucionales, por ejemplo: la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO) de las Naciones Unidas. Aunque no existe una única definición, la agroecología se base en la diversificación de cultivos, las prácticas orgánicas y de bajo impacto, el manejo innovador y sostenible de los recursos locales, y la eliminación de los insumos externos. Como un concepto social toma en cuenta los derechos humanos y el tránsito hacia la autonomía para los pequeños productores y sus comunidades, además de desafiar al actual sistema de alimentos, que no es sostenible.
Pensar a la agroecología como una tecnología nos permite una discusión crítica sobre el valor y eficacia de las prácticas tradicionales, así como los límites de las tecnologías modernas, por ejemplo los organismos genéticamente modificados, la mecanización, la comida procesada y rápida, y los bioinsumos.
Las tecnologías para la vida “Maya-Achí”: hacia la sostenibilidad y el buen vivir
A pesar de los recientes cambios profundos en las formas de cultivo y consumo de las pequeñas productoras – consecuencia de la introducción de los paquetes tecnológicas (semillas “mejoradas” y agroquímicos), la devaluación de la comida natural y nativa, la imposibilidad de competir con las grandes empresas, entre otros factores complejos – todavía hay resquicios en donde las y los campesinos han conservadas sus prácticas y variedades de cultivos ancestrales. Esto no es sólo porque han sido ignoradas o escondidos por el “desarrollo”, sino porque saben que las técnicas agroecológicas sirven en sus campos para una producción sostenible y sana, además del hecho que forman un componente instrumental para su cultura y bienestar.
Imagen: Escuela Maya-Achí
He tenido la oportunidad de acompañar a las familias de productores en el territorio Maya-Achí en Guatemala; una zona montañosa, semi árida y rural; y he podido realizar una investigación sobre los procesos sociales detrás del escalamiento de las practicas agroecológicas, así como del movimiento por la soberanía alimentaria. Entre mis hallazgos y aprendizajes he podido profundizar mi comprensión sobre el significado de lo que llaman la esencia de la agroecología Achí; un concepto que primordialmente considera que una producción sana y sostenible no se traduce solamente en técnicas, como son la fabricación de abono orgánico o algún tipo específico de conservación de suelo, sino que también implica un modo de vida: un sistema complejo basada en valores y costumbres interrelacionados, conocimiento ecológico y un compromiso con la Madre Tierra.
Las tecnologías, en este sentido, son desarrolladas conforme a las micro-condiciones y dependen de la transmisión de conocimiento entre familiares y vecinos. En general han sido probadas a través del tiempo (en este caso, miles de años). Al ser introducidas su apropiación es muy sencilla, y encajan con la cosmovisión local. Son generalmente intensivas en mano de obra, y se realizan de mejor manera de forma comunitaria.
Un ejemplo destacado son el conjunto de técnicas tradicionales1 en las que se mantienen la humedad y la fertilidad del suelo. A pesar de la diversidad de actividades que realizan los campesinos, basadas en la ecología de parcela, la base fundamental es el manejo ingenioso y sostenible de la materia orgánica. Con esto me refiero a la recolección y manejo especifico de la hojarasca de los bosques en sus alrededores, la vegetación verde de las podas de las cercas vivas, los residuos de la cosecha, y todas las plantas que brotan dentro de la parcela y mueren durante la época de sequía. El objetivo es poner de vuelta en el suelo todo ese material para formar un “colchón; una capa de materia en varias cubiertas de descomposición que sirvan a los microorganismos benéficos, y así guardar la humedad durante las sequias. También hay adiciones, como la gallinaza, u otros estiércoles, abonos verdes, además de rotaciones de plantas, que benefician a la fertilidad orgánica.
Imagen: Manejo de suelo
Además de considerar la importancia del conocimiento en cuanto al manejo de estos recursos, también es importante tomar en cuenta la fusión de costumbres locales con este trabajo. Por ejemplo, las ceremonias que realizan para pedir permiso y agradecer al ahau, sus dioses de la Madre Tierra; las bebidas y comidas regionales especiales que toman durante descansos; así como los tiempos de trabajo comunal, así como la reciprocidad entre vecinos y miembros de la familia.
Imagen: Parcela diversificada
“Si se lleva bien con la ahau, y sus vecinos,” me dijo un productor, “tiene buena cosecha. Es simple…”
Debido a la necesidad de proteger esa materia, además de otras plantas que aportan a la producción de los cultivos y a la dieta tradicional diversa, hay mecanismos sociales que determinan la conservación de los recursos naturales y del conocimiento. En tanto que del amor a la naturaleza y la conciencia de lo que ésta les da, surge un deseo por no dañarla. Con la cosecha abundante que sale a través de este sistema de actividades y trabajos complejos, hay fuertes motivos para conservar estas prácticas, las semillas y las tradiciones.
Imagen: Producción de miel orgánica
Aunque intenté presentar aquí una panorama bastante sencillo, es posible imaginar la complejidad e interconexiones del sistema, lo que por otro lado puede hacerlo vulnerable a los fuertes y rápidos cambios. Para los achis el cambio más reciente y quizás el más perjudicial en su historia ocurrió durante la década de los ochentas, cuando la violencia y represión del conflicto armado llegó al territorio, esto hizo imposible para las familias seguir practicando sus técnicas agrícolas. El golpe coincidió con la entrada de los agroquímicos, lo que también provocó el desplazamiento de algunas prácticas y tuvo impacto en otras. Actualmente los pobladores deben lidiar con las consecuencias de veinte años de desarrollo asistencialista, lo que derivó en una gran dependencia de la población así como en una sequia, que algunas lideresas han declarado “permanente.”
Al igual que otros pueblos mesoamericanos el territorio Achí ha iniciado un proceso de recuperación que consiste, entre otras cosas, en la búsqueda de las asociaciones locales de formas para reparar el tejido social, además de empujar la revalorización de los cultivos criollos y las prácticas ancestrales. Como explican algunos abuelos y abuelas: el trabajo que hacen en sus campos es un arte; una reflexión de miles de años de sobrevivencia con la naturaleza, lo cual, junto con otros valores, costumbres y creencias, forman parte de la perspectiva local del buen vivir, o utziil k’asleem.
Imagen: Líder Alfredo Cortez
“Con utziil k’asleem,” dice el líder campesino Alfredo Cortez, “nos referimos a un sistema completo, incluyendo a todos los elementos de una comunidad: los ríos, los pájaros, las plantas que nos dan vida, hasta los organismos que viven en el suelo. Implica una forma de vivir y desarrollar en armonía con la Madre Tierra...”
Así, las tecnologías del buen vivir han sido desarrolladas, adoptadas, y apropiadas no sólo con la finalidad de facilitar las vidas de los seres humanos sino también para mantener un medio ambiente sano, protegido, y sagrado. ¿Por qué? Porque si pensamos como un objetivo repensar el “desarrollo” en terminos del marco de buen vivir para una familia o comunidad, hay que considerar las conexiones e interdependencias que existen entre nosotros y la naturaleza; tenemos que ponderar que no podemos separarnos de ella y que tenemos responsabilidades que cumplir si deseamos una vida digna, y saludable.
En fin, sin decir que las nuevas tecnologías son inútiles, o que todos son dañinas, es cada vez más claro que hemos llegado a un momento crítico para reconsiderar lo que es sostenible, así como las medidas y herramientas correctas para construir un mundo más sano e igualitario. Las prácticas tradicionales y agroecológicas, sin considerarlas una solución completa, pueden ofrecer pistas de cómo lograr esto, además de generar resistencia en mundo con cambios ocurriendo todo el tiempo. Pero, primero necesitaremos repensar nuestros valores, considerar la recuperación de lo que está a punto de desaparecer y replantear a dónde queremos movernos como sociedad e individuos.


