No es novedad la crisis global de los polinizadores, cuya pérdida en población y en diversidad de especies amenaza la producción de hasta el 75% de las plantas de consumo humano. Esta crisis, sin embargo, sólo es sintomática de otras crisis de orden mayor: estamos extinguiendo a los insectos. No sólo a los polinizadores sino a todos, parejo. Los tres factores que más contribuyen a este exterminio son: la producción y comercialización de alimentos basadas en modelos industriales cuyas prácticas —como el uso de herbicidas y pesticidas, la masificación de los monocultivos, la deforestación o el uso de semillas autopolinizadas— agotan la riqueza biológica del territorio; la urbanización desmedida y sin planificación; y el cambio climático. En los tres casos ocurre una fragmentación del paisaje que tiene como efecto la pérdida de la biodiversidad; da lugar a una disputa por la administración del espacio. Estos vínculos han sido pulcramente desmenuzados por el jardinero, paisajista, botánico y urbanista, Gilles Clément, en la figura del tercer paisaje,1 como el total de espacios residuales y reservas, en entornos urbanos y rurales, que entran en juego en la configuración general del paisaje.
En esta forma de ocupar el espacio, los jardines son reservas que se suscriben a la constitución del tercer paisaje en la medida en que garantizan que ese espacio que ocupan no será ya fragmentado —aunque sea de forma temporal— y que, por tanto, puede experimentar un incremento en la cantidad y variedad de especies que articulan su vida en este tipo de espacios. No es casualidad, de hecho, que el término que empleamos para hablar de jardín encuentre su origen en la figura tudesca de los recintos cerrados, comúnmente dedicados al cultivo de hortalizas y plantas de uso doméstico. La lógica de limitar la afectación que provocan las actividades humanas respalda la decisión de reservar espacios a parques y jardines en las trazas urbanas: resultan, en términos de diversidad en flora y fauna, verdaderos claros en el bosque de concreto. La intención de este texto es comentar el potencial de la jardinería urbana en la constitución del paisaje residual como una alternativa a la diversidad de especies urbanas. Para ello considero pertinente pensar el espacio residual como un espacio colectivo, de valores y condiciones sumamente volátiles, pero con una riqueza sistemáticamente ignorada. Dicho de otra manera, busco alternativas a las preguntas de para quién es residuo aquello que llamamos residuo, en términos de espacio, y si puede o no ser planteado en otros términos.
Principio del no ordenamiento
Pensemos en toda la superficie del mundo sin divisiones, el total de su territorio sin obstáculos. Ahora pensemos en las barreras físicas o administrativas que restringen el flujo libre por el paisaje: muros, rejas, avenidas, puentes, rutas aéreas, proyectos de vivienda, carreteras. La fragmentación del paisaje es resultado directo del ordenamiento del territorio en función de las actividades de los seres humanos. La construcción del Tren Maya, 830 kilómetros de infraestructura que compromete la existencia de más de 50 especies endémicas mientras atraviesa 15 áreas naturales protegidas, puede ayudar a enmarcar este punto. En una nota del Huffington Post, Víctor Mirales, doctor en Biología y Conservación por la Universidad Complutense de Madrid y actual investigador en la UNAM, expresó su preocupación por el impacto que tiene fragmentar los ecosistemas:
"A mí, principalmente, me preocupa mucho cómo le harán los encargados de la obra para no crear una barrera física que provoque la desaparición de especies en peligro de extinción, como el ciervo de cola blanca. Cuando se hace una obra así es imposible no afectar los flujos de paso y apareamiento. ¿Cuál es el plan para proteger al tapir? ¿Al jaguar? ¿A las aves que están ahí? ¿Hay un plan?"2.

Las preguntas de Mirales son las interrogantes que deberíamos plantearnos en relación con la administración del espacio. ¿Qué hay, entonces, de las necesidades vitales de los demás seres con los que compartimos el planeta y que son esenciales para la existencia humana? El paradigma de la urbanización ha hecho visible que no sabemos compartir el espacio sino que sabemos expulsar la biodiversidad de los ecosistemas que después convertimos en la infraestructura que sostiene nuestros entornos urbanos. Hacia finales de los años 70, por ejemplo, Carlos Hank González trazó la red de vías y ejes que hoy rige el tránsito de la Ciudad de México. De un momento a otro, nuestra urbe asfaltó 133 kilómetros para que los autos tuvieran una circulación ininterrumpida a través de los primeros 15 ejes viales que desde entonces dividen nuestro espacio. Para enmarcar la voracidad del proyecto podríamos reparar en que, para 2019, la administración de Claudia Sheinbaum se propuso construir 40 kilómetros de ciclovías. Se trató, pues, de una auténtica mutación del espacio con un costo material, social y de biodiversidad altísimo: Mil 727 predios destruidos y miles de árboles talados. Cuestionado por La Jornada sobre los métodos de la modernización que emprendió, Carlos Hank González respondió:
“Materialmente tuve que destruir la ciudad para que después me permitieran reconstruirla, como se hizo. Me acuerdo que fue la época de los chistes: que ya no era Hank González sino "Zanjas Viales"; muchos insultos, muchas ofensas... Es el precio que tienes que pagar por el honor de que un pueblo te permita gobernarlo; y hay que pagarlo con sonrisas.3”
Por otro lado, en la fragmentación del territorio hay espacios que quedan atrapados en la vaguedad: no son infraestructura, pero tampoco paisaje, ni territorio como tal; se trata, pues, de restos que quedan a la deriva. Estos espacios son baldíos en tanto que no producen nada capitalizable: el camellón de un cruce de avenidas, el terreno vago que queda entre dos edificios, las azoteas inutilizadas, las jardineras públicas o cualquier superficie cuya función no estuvo claramente definida al momento de proyectar la administración del territorio que provoca su existencia, son ejemplos de espacios residuales que podrían no serlo sin tener que ser espacios productivos en términos humanos. Basar el valor de un espacio en función de su rentabilidad sólo quiere decir que estos residuos no entran en la misma lógica de configuración del espacio que los provoca: un camellón es baldío en la medida en que forma parte de una infraestructura pensada para la circulación de vehículos. Si los vehículos no pueden circular sobre el camellón, pero sí alrededor de él, entonces queda inutilizado como un espacio atrapado entre dos o más filas de cuerpos metálicos con velocidades metahumanas que impiden disfrutar de ese fragmento de espacio baldío. “Estos márgenes —recuerda Clément a propósito de los espacios residuales— reúnen una diversidad biológica que no se entiende como riqueza” (Clément, 2007, p.11) precisamente por pensar la riqueza en términos humanos. El no ordenamiento que propone el autor responde precisamente a la necesidad de poner las formas de vida como principio de administración del territorio. En la defensa de este principio de no ordenamiento se juega también la defensa de la biodiversidad y, por tanto, de una colectividad excéntrica al ser humano. Sólo si, como especie, renunciamos a nuestras pretensiones de ordenamiento del mundo, podremos dar paso a pensar en una colectividad que integre las necesidades más vitales de las especies de un territorio y no ya únicamente de personas. Si bien es verdad que existen una serie de instrumentos administrativos orientados a dejar de afectar en las dinámicas vitales de otras especies, como el de dotar a los ecosistemas de facultades jurídicas, también es cierto que no dejan de responder a una visión antropocéntrica de la cuestión.
Jardines urbanos y biodiversidad
Hacia el principio del texto hablaba del vínculo entre los jardines urbanos entendidos como una reserva, y la biodiversidad. Este tipo de jardines son, esencialmente, un espacio reservado para priorizar las dinámicas vitales de otras especies. La premisa que relaciona la reserva de un espacio con la biodiversidad resulta fácilmente comprobable en casi cualquier formato de jardín: basta con juntar unas cuantas macetas en una terraza, azotea o sobre alguna superficie asfaltada, para ver que, de a poco, las lombrices y los ciempiés ocupan el espacio entre la maceta y el suelo, las aves llegan a picar la tierra, a descansar entre las ramas o a refugiarse del sol, las babosas trepan sus caracoles en las ramas y hojas que habitan los saltamontes, las abejas polinizan las flores y que, en fin, se abre un espacio a la diversidad de especies en un entorno urbano. A mayor superficie destinada a crear reservas, mayor oportunidad a la biodiversidad: de este tamaño es la importancia de mantener recintos cerrados a las afectaciones provocadas por la actividad humana. Pero no siempre hace falta crear una reserva administrativa para que un espacio residual devenga jardín. El mismo ejercicio de la azotea —o terraza, o suelo asfaltado— presupone la posibilidad de practicar jardinería urbana en un fragmento del paisaje que de otro modo sería residual, alterando el imperativo nominal de su inscripción en la configuración del tercer paisaje, ya no como un espacio baldío, o planteado siquiera en términos de productividad, sino como un espacio vivo, abierto a la biodiversidad y posibilitador de formas y dinámicas de vida no humanas. Es decir, como algo digno de ser visto: como paisaje. Pero no ya el paisaje natural dado, sino aquel que resulta de la consecución de una técnica de jardinería urbana que detona los valores del residuo.
Los jardines urbanos y las azoteas de la Ciudad de México

Inicié mi argumentación recordando la crisis de los insectos y los tres elementos en los que distintas comunidades científicas encuentran el motivo de su aniquilación: la agricultura industrial, la urbanización desmedida y el cambio climático. No hay mucho margen para resistir la fuerza que impulsa estas actividades porque son capaces de digerir cualquier crítica y responder con una alternativa mercantil. Vale más, creo, consolidar una masa crítica que apele a pensar en otras formas de vida, una que aprenda de ellas. La integración de la jardinería urbana como una práctica que incide en la configuración del paisaje deberá estar, pues, imbricada con la voracidad de la ciudad y acaso impulsada por ella.
Una de las tantas cuestiones características de nuestra urbe es la multiplicidad de facetas de sus azoteas. Se trata de espacios marginales que se resisten a ser residuales, a pesar de los intentos por desalentar su uso, y en su resistencia se juega también su polivalencia: siempre encontramos un nuevo uso para ellas. La jardinería y la agricultura son actividades perfectamente compatibles con las azoteas de nuestra ciudad porque reúnen una serie de condiciones que permiten comprenderlas como espacios para la biodiversidad: suelen ser el punto con más iluminación de sol directo de un edificio, suelen tener una ventilación envidiable, brindan calor contenido constante y permiten recuperar agua de lluvia durante prácticamente todo el año. Se trata, pues, de ecosistemas que esperan a ser descubiertos.
Hace algunos años que estudio los jardines de azotea de forma empírica y con formatos muy variados, pero con una constante: todos los jardines que he crecido los he trabajado igual en macetas que en plásticos de un solo uso, contenedores de tetrapack o latas; en todos los diseños incorporé materiales reclamados. Se trata, pues, de jardines urbanos residuales en espacios que de otro modo serían considerados residuales. En ellos he reproducido cientos de plantas, he captado miles de litros de agua de lluvia y he probado distintas técnicas con decenas de ejemplares. En el último año concentré mis esfuerzos en hacer de mi jaula de tendido un espacio para que atraer insectos, aves y otros polinizadores. En este tiempo, el jardín superó las 140 plantas en 4.9 metros cuadrados. Considero que la jardinería urbana practicada en espacios residuales es una alternativa a la forma en que entendemos nuestra relación con el espacio marginal. Una, además, reproducible, escalable, que permite cultivar alimentos con un impacto medioambiental mínimo, que aminora los efectos de la urbanización desmedida y que, en el camino, contribuye también a enfriar el planeta. El cultivo de plantas fue el catalizador de nuestra civilización; no tendría por qué conducirnos a su declive.
2 https://www.huffingtonpost.com.mx/2018/11/22/estas-serian-las-consecuencias-ambientales-que-dejaria-el-tren-maya-segun-expertos_a_23597337/
3 https://www.jornada.com.mx/1999/06/26/niega.html
